En la escuela, leer y escribir suelen presentarse como actos evidentes: se aprende a leer para comprender textos, se escribe para responder consignas, para cumplir con tareas, para demostrar que algo fue aprendido. Sin embargo, pocas veces se pregunta desde qué condiciones se sostienen estas prácticas, con qué cuerpos llegan quienes leen y escriben, o qué lugar ocupan en la vida cotidiana de niñas, niños y jóvenes. En este sentido, el taller El vuelo del papalote. Leer y escribir desde/con la comunidad surge como una apuesta por detenerse en esas preguntas y abrir un espacio diferente dentro de la dinámica escolar, sin la pretensión de ofrecer soluciones acabadas ni modelos replicables.
El taller de lecto-escritura se desarrolla en una escuela ubicada en la comunidad Unión Antorchista, un asentamiento relativamente reciente situado en la periferia entre Tuxtla Gutiérrez y Chiapa de Corzo, Chiapas. En esa comunidad conviven estudiantes y educadores de los niveles de preescolar, primaria y secundaria. La escuela multigrado forma parte del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), institución que da servicios educativos en contextos donde no hay escuelas regulares. Su propuesta de educación comunitaria ha abierto posibilidades para sostener trayectorias educativas en escenarios marcados por la marginación y la pobreza.
El vuelo del papalote no nace como un taller remedial, sino como una actividad complementaria que acompaña la vida escolar cotidiana y que busca explorar otras formas de vínculo con estas prácticas, principalmente en jóvenes de nivel secundaria. El nombre del taller funciona como una metáfora sencilla: un papalote no se eleva solo por autodeterminación; necesita viento, espacio, un hilo que lo sostenga y alguien que lo acompañe. De manera similar, leer y escribir requieren condiciones materiales, tiempo disponible y relaciones que las hagan posibles.
Desde el inicio, el taller se ha desarrollado de manera gradual y respetando los tiempos de la comunidad. La primera etapa estuvo centrada en el acercamiento, la observación y la construcción de vínculos con estudiantes, educadores y familias. Más que llegar con actividades verticales y cerradas, el énfasis ha sido escuchar, mirar, reconocer los ritmos del espacio escolar y dejar que el taller se acomode a ellos. Este proceso ha sido lento y, por momentos, discontinuo, pero ha permitido identificar escenas, gestos y disposiciones corporales que rara vez se registran cuando la lectura y la escritura se observan únicamente como resultados.
Una de las primeras cuestiones que aparece es el lugar que ocupa el cuerpo. En la escuela, leer y escribir suelen pensarse como actividades mentales, desligadas de la experiencia corporal. Sin embargo, los cuerpos que llegan al aula están atravesados por trayectos largos, por responsabilidades domésticas, por cansancio acumulado y por tiempos fragmentados. Leer y escribir no ocurren en el vacío, sino en cuerpos situados que cargan historias y condiciones concretas. Como sugiere Paulo Freire (2004), antes de enfrentarse a la palabra escrita, las personas ya han leído el mundo que habitan. Esa lectura previa, hecha de imágenes, recorridos, afectos y relaciones, no siempre encuentra reconocimiento en la escuela.
En las conversaciones y actividades iniciales del taller, muchos estudiantes expresan que leer y escribir se sienten como tareas ajenas, asociadas principalmente al cumplimiento. Se lee para responder preguntas; se escribe para entregar evidencias. Esta relación no parece estar vinculada a una falta de interés individual, sino a experiencias escolares reiteradas donde la lectura y la escritura se asocian a la corrección, al error y a la evaluación constante. Desde esta perspectiva, no resulta extraño que el deseo se debilite o quede suspendido.
Esta experiencia dialoga con la mirada de Michel Foucault (2002), quien analizó cómo las instituciones modernas regulan cuerpos y tiempos a través de prácticas disciplinarias. Leer en silencio, escribir en determinado formato, cumplir con tiempos establecidos, son formas de ordenamiento que producen ciertos modos de relación con el saber. A ello se suma, como señala Byung-Chul Han (2012), un contexto social marcado por la autoexigencia y el cansancio, donde el problema ya no es solo la imposición externa, sino la sobrecarga permanente. En este escenario, leer y escribir, aún en una institución con sentido humanista, se vuelve cada vez más difícil.
No obstante, el taller también ha permitido observar otras posibilidades. Cuando las actividades se vinculan con historias cercanas, con imágenes significativas, juegos, con relatos propios o con experiencias compartidas, la relación con la lectura y la escritura comienza a desplazarse. Aparecen momentos de curiosidad, de risa, de reconocimiento mutuo. Leer deja de ser únicamente descifrar letras y escribir deja de ser llenar renglones. Estos momentos no son constantes ni definitivos, pero abren fisuras en la experiencia escolar habitual.
El taller, aún en proceso, no pretende resolver estas tensiones ni convertirlas en diagnósticos cerrados. Más bien, busca hacerlas visibles y pensarlas colectivamente. En este sentido, la experiencia del CONAFE ofrece un marco particular. La educación comunitaria y, en algunos casos, la relación tutora han permitido por su parte, abrir alternativas pedagógicas y sensiblemente relevantes. No obstante, estas prácticas no se despliegan de manera homogénea y conviven con condiciones estructurales que rebasan el ámbito escolar.
A este escenario se suma la incorporación de herramientas de inteligencia artificial. En las conversaciones con estudiantes y educadores aparece su uso como una estrategia para cumplir rápidamente con tareas, especialmente cuando el tiempo y la energía escasean. Más que demonizar estas herramientas, el taller plantea la necesidad de reflexionar sobre su lugar, pues, sin acompañamiento crítico, pueden reforzar lógicas de cumplimiento y simulación.
El vuelo del papalote continúa desarrollándose. Sus hallazgos son provisionales, situados y abiertos. No busca señalar errores, sino abrir un espacio de escucha y reflexión sobre lo que implica leer y escribir en contextos comunitarios hoy. En tiempos marcados por la sobrecarga, quizá el desafío no sea exigir más lectura y más escritura, sino crear las condiciones para que estas prácticas recuperen sentido, tiempo y vínculo. Como un papalote que aún busca el viento adecuado, el taller sigue en movimiento, atento a los hilos que lo sostienen y a los cuerpos que lo acompañan.
Para esta etapa del taller y desde el punto de vista metodológico, este proyecto se inscribe en un enfoque cualitativo cercano a la investigación acción participativa, entendida aquí como un proceso que se construye haciendo con otros/as. El taller El vuelo del papalote no funciona únicamente como un espacio pedagógico, sino también como el lugar desde donde se observa, se dialoga y se reflexiona colectivamente sobre la lectura y la escritura. La observación participante se asume, no solo como una técnica para tomar nota, sino como una forma de estar presente, escuchar con atención y dejarse interpelar por la vida escolar cotidiana (Sánchez, 2001). En este mismo sentido, las conversaciones con estudiantes, educadores comunitarios y familias forman parte del proceso, pues permiten comprender cómo se viven y se significan estas prácticas desde distintas experiencias (Quijano, 2016). El diario de campo acompaña este recorrido como una herramienta para registrar escenas, gestos y sensaciones que surgen en el transcurso del taller. Así, más que producir conclusiones cerradas, la metodología busca acompañar un proceso en marcha, abrir preguntas y ajustar el rumbo del taller a partir de lo que va emergiendo en el trabajo compartido.
Autor: Luis Adrián Miranda Pérez | Posdoctorante en el Consejo Nacional de Fomento Educativo
REFERENCIAS
- Foucault, M. (2002). Vigila y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
- Freire, P. (2004). La importancia de leer y el proceso de liberación. Siglo XXI Editores
- Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
- Quijano, O. (2016). La conversación o el ‘interaccionismo conversacional’ pistas para comprender el lado oprimido del(os) mundo(s). Calle14: revista de investigación en el campo del arte, 11(20), 34-53.
- Sánchez, R. (2001). La observación participante como escenarios y configuración de la diversidad de significados. En Terrés (coord.), Observar, escuchar y comprender. Sobre la tradición cualitativa en la investigación social (pp. 77-131). El Colegio de México-Flacso.


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